15 cosas del año 2000 que definitivamente destrozaron nuestra confianza

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¿A veces no crees que eres un poco -demasiado- desconfiado? Definitivamente yo sí, y es que no puedo (realmente lo intento, de verdad) depositar mi confianza en alguien. Es como, no sé... "una receta para el desastre".

Antes no le había prestado atención a eso, puesto que me va muy bien trabajando solo, pero recientemente un profesor nos obligó a hacer un trabajar en "equipo", así que cada uno de los integrantes debía aportar y saber lo que hacíamos. Por supuesto, tuvimos una serie de problemas (como cualquier equipo), pero uno de ellos fue por mí.

Mis compañeros se habían molestado porque sentían que no los dejaba involucrarse en el proyecto dado que quería hacer todo por mi cuenta. Y, bueno, si algo he aprendido en la universidad es a no depender de nadie, pero esta vez era necesario y mi equipo era bueno. Fue en ese entonces cuando mi cerebro hizo "clic" y comencé a notar mi problema de confianza.

Por esa razón, decidí hacer una pequeña investigación para descubrir de dónde proviene esa desconfianza y digamos que me llevó a la década del 2000. Sorprendentemente no fueron los abusones de la escuela ni nuestras madres, fueron una serie de objetos que creíamos que nos hacían bien en ese entonces...

1. El BlackBerry.

Ese teléfono me trajo toda clase de inconvenientes. A veces lo estaba usando tranquilamente cuando de repente aparecía un reloj en el centro de la pantalla que tardaba como 2-3 minutos para quitarse. ¡Ah!, eso sin mencionar que la bolita siempre se pegaba.

2. Zapatos con ruedas.

Cuando estos instrumentos de tortura salieron a la venta todo el mundo los quería. Y es que nos parecía una excelente idea llegar patinando a cualquier lado, pero rápidamente perdías el gusto por ellos cuando hacías el oso en la escuela o en algún lugar público.

3. Cámaras desechables.

Eran lo peor, además que sólo tomaban 27 fotos, debías esperar una semana entera para descubrir que todas las tomas estaban arruinadas.

4. Ares.

Tu sólo querías descargar una canción y terminabas bajando un virus troyano que destrozaba la computadora de la familia. ¿Y el culpable? Claramente eras tú.

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